La propuesta de Alberto Peral interviene el
Pabellón Mies van der Rohe a través de sus elementos constitutivos más etéreos:
los reflejos que diluyen la solidez de sus paramentos.
El chapuzón supone un tránsito que quiebra la
membrana entre dos mundos: el de la mirada previa al salto, capaz de discernir
a través de la transparencia del aire, y el del cuerpo rodeado por el medio
acuoso tras sumergirse bajo la superficie. En “A Bigger Splash”, Hockney
capturó ese instante de excitación tras la ingravidez del salto. El cambio de
medio supone una pérdida de aliento, dejando como único rastro la presencia
fugaz del movimiento en el agua.
El Pabellón, con su efecto especular, erige
una realidad abstracta donde el espectador se enfrenta a un reflejo
inalcanzable, un espacio en que la mirada se adelanta a lo que las manos pueden
tocar cuando encuentran la resistencia de la pulida superficie. El flujo del
espacio se escapa entre los dedos, incapaces de aferrar su propio imaginario.
Los pilares, caligráficos, se encuentran suspendidos, liberados ficcionalmente
de las cargas que deben sostener.
El doble reflejado que nos mira — a la vez un
yo, a la vez un tú — deja como resto aquello inaprensible tras una mirada que
reconocemos y nos perturba. Es en la ficción, en este momento de extrañeza,
donde nos percibimos como cuerpos situados en un espacio que nos atraviesa con
su idealidad infranqueable.
En “Splashing Mies”, Alberto Peral interviene
en el único reflejo capaz de ser atravesado: la perturbación de las aguas rasga
la ficción constitutiva de la propia realidad miesiana.